Por Lois Pérez Leira (Coordinador Regional del Sovintern para América Latina y el Caribe)
La reciente y contundente declaración del ministro iraní de Asuntos Exteriores, Abbas Araghchi, marca un punto de inflexión en el tablero geopolítico global. Al afirmar con vehemencia que «no somos Venezuela» y advertir que ni las sanciones, ni las amenazas, ni los chantajes económicos lograrán frenar su programa nuclear, Teherán no solo desafía de manera directa la hegemonía de Estados Unidos y de Israel, sino que también reabre un debate profundo sobre las distintas formas de resistencia frente al imperialismo contemporáneo. La controversia escaló rápidamente cuando la cancillería venezolana no tardó en reaccionar, transmitiéndole su malestar al embajador iraní en Caracas por los dichos del diplomático persa.
Para el bloque occidental, la estrategia histórica ha consistido en decapitar liderazgos, asfixiar economías mediante el bloqueo sistemático y apostar por el derrumbamiento interno de los gobiernos soberanos. Sin embargo, el Estado persa demuestra una arquitectura política e ideológica de naturaleza distinta. Este no es un proyecto que dependa de la coyuntura de una sola figura; es una causa consolidada por la doctrina estatal y regada con la sangre de los científicos que dieron su vida por el desarrollo tecnológico e independencia de su nación. Esta negativa rotunda a negociar los avances científicos y atómicos expone el fracaso de una política exterior basada exclusivamente en la extorsión coercitiva, demostrando que las potencias occidentales subestiman sistemáticamente la resiliencia de los pueblos que han decidido pagar el costo más alto por su autodeterminación.
La alusión directa al caso venezolano formulada por la diplomacia iraní no pasó desapercibida y generó profundas repercusiones internacionales, especialmente en los movimientos progresistas y de izquierda de América Latina y el Caribe. Si bien Venezuela ha demostrado una heroica resistencia frente al asedio criminal de Washington —soportando sanciones criminales, intentos de golpe de Estado y sabotajes económicos permanentes—, la comparación realizada por Teherán puso sobre la mesa una reflexión táctica y estratégica necesaria, además de generar fricciones diplomáticas directas entre aliados. Por un lado, la advertencia iraní subraya la urgencia de construir estructuras de poder profundamente institucionalizadas y arraigadas en las bases populares, capaces de trascender la figura de líderes individuales. Por otro lado, evidencia cómo mientras gran parte de nuestra región sigue atada a matrices vulnerables a los embates financieros externos, Irán ha hecho de la soberanía tecnológica su bastión defensivo indiscutible.
La línea roja trazada en Teherán trasciende la cuestión estrictamente nuclear; se erige como un recordatorio implacable para el imperialismo global de que el unilateralismo y las medidas coercitivas unilaterales tienen un límite histórico. Para los pueblos del Sur Global, y en particular para Nuestra América, el desafío sigue vigentes: transformar la resistencia heroica en estructuras de poder soberanas, inquebrantables e irreversibles, cuidando siempre los lazos de hermandad y respeto mutuo entre los pueblos que luchan contra un mismo opresor.
