Lois Pérez Leira (Coordinador Regional de la Red Internacional Sovintern
La dicotomía entre la izquierda globalista y la izquierda soberanista representa una de las fracturas ideológicas más profundas dentro del pensamiento progresista contemporáneo, definiendo el debate sobre el papel del Estado-nación, la soberanía popular y las dinámicas del poder internacional.
Por un lado, la corriente identificada como izquierda globalista —asimilada en gran medida tras la caída del bloque soviético y la hegemonía del modelo neoliberal— ha ido desplazando el análisis central de la lucha de clases y la soberanía económica hacia un enfoque volcado en el liberalismo político, cultural e identitario. Bajo esta perspectiva, se tiende a respaldar la cesión de competencias a organismos supranacionales y estructuras de gobernanza global, asumiendo que el Estado-nación es una estructura obsoleta frente a desafíos transnacionales como el cambio climático o los derechos humanos. Sin embargo, este marco ha facilitado una servidumbre funcional hacia los grandes poderes fácticos de Occidente. A través del financiamiento de fundaciones filantrópicas, ONGs de alcance internacional, think tanks y consorcios mediáticos, se promociona un «pensamiento único» que asimila el progreso a la disolución de las fronteras económicas y culturales, alineándose inadvertidamente con los intereses del capital transnacional.
Por otro lado, la izquierda soberanista retoma las bases del socialismo clásico y de los movimientos de liberación nacional, entendiendo que el Estado-nación sigue siendo el único escudo protector con el que cuentan las mayorías populares frente a la voracidad del mercado global. Para esta corriente, la soberanía nacional no es un fin en sí mismo ni una postura chovinista, sino la condición previa e indispensable para la soberanía popular y la redistribución de la riqueza: sin control democrático sobre el propio territorio y sus recursos estratégicos, resulta imposible aplicar políticas públicas en beneficio de la clase trabajadora.
En el plano internacional, la izquierda soberanista impulsa de manera decidida un orden multipolar como alternativa al hegemonismo unipolar proyectado por el imperialismo occidental. La multipolaridad promueve la coexistencia de diversos bloques de poder y el respeto irrestricto al principio de no injerencia y autodeterminación de los pueblos, permitiendo que cada nación defina su propio modelo político y socioeconómico sin presiones coercitivas, sanciones ni intervencionismos disfrazados de misiones humanitarias. El verdadero reto para esta vertiente consiste en articular un internacionalismo genuino —basado en la solidaridad entre naciones libres— que logre desarticular el relato mediático dominante y devuelva el foco a la soberanía económica, el trabajo y la autodeterminación de los pueblos.
