por Jorge Gálvez (Coordinador Nacional de Izquierda Soberanista y Secretario General del Partido del Trabajo de Chile)
El extremo austral de América Latina está entrando en una etapa de creciente importancia estratégica. La Patagonia, el Estrecho de Magallanes, el paso de Drake, las Islas Malvinas y la Antártida ya no pueden observarse como problemas separados. Debemos verlas como una misma arquitectura territorial y geopolítica.
Lo que está en juego no una determinada extensión de tierra o el control formal de una ruta marítima. Lo que se disputa es quién tendrá capacidad de dominar el extremo sur del continente y, desde allí, proyectarse sobre el Atlántico Sur, el Pacífico y la Antártida.
Desde una perspectiva soberanista y antiimperialista, sería un grave error analizar esta cuestión utilizando las categorías de un orden internacional que está desapareciendo ante nuestros ojos. Ese orden ya no funciona como antes.
El imperialismo anglo-sionista, actúan con el pillaje abierto, la amenaza militar, las sanciones, el bloqueo financiero, la presión económica y el control directo de territorios y recursos estratégicos.
La guerra y la piratería es un instrumento abierto de política internacional.
Por eso sería ingenuo afirmar que una intervención militar estadounidense en el extremo austral de América Latina pertenece al terreno de lo inimaginable. Las condiciones internacionales hacen necesario considerar ese escenario dentro de cualquier doctrina seria de defensa soberana.
Durante décadas se nos dijo que después de la Guerra Fría comenzaríamos una época regulada por instituciones multilaterales, comercio internacional y cooperación entre Estados. Esas mentiras y falsedades han quedado al descubierto.
Las guerras, los bloqueos, las sanciones económicas y las operaciones militares volvieron a ocupar el centro de las relaciones internacionales.
La guerra de EEUU y el Sionismo contra Irán demuestran hasta dónde puede llegar la confrontación cuando existen intereses estratégicos considerados esenciales por Washington y sus aliados.
Y América Latina no se encuentra fuera de esa lógica. Cuba continúa sometida a un bloqueo económico de décadas.
Venezuela ha sido objeto de sanciones, operaciones desestabilizadoras, amenazas y presiones militares. Nicaragua permanece permanentemente bajo presión estadounidense.
México y Brasil tampoco quedan fuera de los mecanismos de presión política y económica cuando sus decisiones chocan con los intereses estratégicos de Washington.
Ya no se trata pensar ilusamente si Estados Unidos sería capaz de intervenir militarmente en América Latina. Ya que la historia respondió esa pregunta demasiadas veces.
Patagonia no es periferia
La Patagonia posee una combinación excepcional de elementos estratégicos: agua dulce, recursos minerales, hidrocarburos, fuentes energéticas, costas atlánticas y pacíficas, territorios de baja densidad poblacional y proximidad inmediata con la Antártida.
Pero existe un elemento todavía más importante. Patagonia constituye la retaguardia continental de cualquier política antártica. Y todo eso está directamente relacionado con el control del extremo austral de Chile y Argentina.
De esta manera, la propiedad anglo-sionista de grandes extensiones de tierra en Patagonia no puede considerarse un asunto privado. Cuando territorios estratégicos pasan progresivamente a manos de capitales extranjeros, estamos frente a una cuestión de soberanía. La propiedad económica se transforma en influencia política y después en poder territorial.
El Estrecho de Magallanes como llave bioceánica
El Estrecho de Magallanes tiene una importancia todavía mayor dentro de esta configuración. Es una vía natural entre los océanos Atlántico y Pacífico.
Su importancia disminuyó parcialmente después de la construcción del Canal de Panamá, pero las transformaciones geopolíticas actuales pueden devolverle una centralidad extraordinaria.
La guerra, el bloqueo de canales, las crisis regionales, la competencia comercial y la actual disputa por las rutas marítimas convierten nuevamente los pasos australes en corredores estratégicos fundamentales.
Quien tiene capacidad de controlar o condicionar las vías marítimas controla también movimientos de mercancías, fuerzas navales, abastecimiento energético y cadenas logísticas.
Por eso Magallanes debe entenderse como una verdadera llave bioceánica del Cono Sur.
Chile no puede permitir que su soberanía sobre el Estrecho sea relativizada. Las recientes declaraciones provenientes de altos mandos militares argentinos acerca de Magallanes y el paso de Drake deben observarse precisamente dentro de este escenario. No porque debamos transformar a Argentina en nuestro enemigo. Sino que esas afirmaciones son en realidad parte de los planes del imperialismo y del sionismo, para confrontar a los pueblos chileno y argentino en una lucha artificial, mientras las manos imperiales detrás de ellas se quedan con el control político y territorial de nuestra soberania.
Una de las operaciones históricas más eficaces del imperialismo en América Latina ha consistido en utilizar contradicciones existentes entre nuestros países para impedir cualquier integración regional. Chile contra Perú, Bolivia contra Chile, Argentina contra Chile, Colombia contra Venezuela, el cuento es ya viejo y no lo compramos.
Cada conflicto creado termina debilitando a ambos lados de la frontera mientras las potencias externas conservan su capacidad de intervención.
Por eso las declaraciones del brigadier general Gustavo Javier Valverde y del contraalmirante Hernán Montero deben analizarse políticamente, hay que pensar quienes están detrás de esas opiniones, que fuerzas foráneas se benefician y manipulan a los actores nacionales.
Mientras tanto, Gran Bretaña continúa instalada en las Malvinas, el sionismo se instala silenciosamente en la Patagonia argentina y chilena y Estados Unidos expande su capacidad militar en el continente.
La soberanía chilena sobre Magallanes debe defenderse sin ambigüedades. Pero el pueblo argentino no es nuestro enemigo. Nuestro interés estratégico respecto al Cono Sur son exactamente los mismos, construir una alianza entre Chile y Argentina capaz de impedir que cualquier potencia extracontinental domine el extremo austral.
Malvinas, Patagonia y Magallanes forman un mismo sistema geopolítico
Las Malvinas no pueden reducirse a una disputa bilateral entre Argentina y Gran Bretaña. Su ubicación les otorga una importancia estratégica extraordinaria. Constituyen una posición anglo-sionista avanzada en el Atlántico Sur.
Desde allí existe capacidad de vigilancia, despliegue militar y proyección hacia la Antártida. Por eso Malvinas, Patagonia, Magallanes y el paso de Drake deben analizarse como partes de un único sistema geopolítico.
Quien tenga presencia dominante en esos cuatro espacios estará en condiciones privilegiadas para controlar el acceso hacia el continente antártico.
Antártida: la gran disputa del futuro
La Antártida posee una dimensión todavía mayor. Habitualmente se repite que “el Tratado Antártico termina en 2048”. Técnicamente la formulación es más compleja, pero políticamente existe algo indiscutible, el 2048 constituye un horizonte estratégico fundamental porque desde entonces pueden activarse mecanismos de revisión del régimen ambiental antártico.
Las grandes potencias no esperan a que llegue una fecha para comenzar a disputar posiciones. Se preparan décadas antes. Construyen bases. Amplían infraestructura. Financian expediciones científicas. Desarrollan capacidades navales. Mejoran puertos y aeródromos. Acumulan conocimiento geológico. Consolidan presencia y compran territorios estratégicos.
Quien crea que la disputa antártica comenzará recién en 2048 no comprende cómo funciona la geopolítica. Ya comenzó. Y Chile y Argentina deberían estar preparándose ahora.
La Antártida contiene recursos que en las próximas décadas pueden adquirir una importancia enorme: agua dulce, minerales, recursos biológicos y reservas de petróleo.
Pero incluso dejando momentáneamente de lado esos recursos, su posición geográfica posee valor estratégico por sí misma. Estamos hablando de un continente entero. Un continente situado inmediatamente frente al extremo austral de Sudamérica.
Milei Y Kast
Aquí adquiere importancia la política del gobierno argentino. El problema de Milei no es simplemente económico. Es geopolítico. Su concepción del mundo sitúa a Argentina dentro de un alineamiento político explícito con Estados Unidos y el Sionismo israelí.
Esto constituye un peligro porque un país con la posición geográfica de Argentina no puede transformar su política exterior en una extensión automática de los intereses de una potencia externa. Mucho menos cuando estamos hablando de Patagonia, Tierra del Fuego, Malvinas y Antártida.
La apertura indiscriminada de tierras al capital extranjero debe analizarse en este mismo contexto. Una hectárea de Patagonia no tiene el mismo significado estratégico que una hectárea situada en cualquier otra región.
La tierra tiene agua. Puede contener minerales. Puede controlar accesos. Puede conectarse con puertos. Por eso la extranjerización de la tierra patagónica es inaceptable para mantener la soberanía.
En Chile encontramos un problema semejante.
Kast ha construido una relación política estrechísima con Donald Trump y con las derechas internacionales alineadas con Washington.
El cierre de la representación diplomática chilena en Irán debe analizarse dentro de esta problemática política.
No basta con escuchar la explicación administrativa. Hay que observar la dirección general de la política exterior. Está claro que Chile no define sus relaciones internacionales desde sus intereses nacionales, sino desde las prioridades estratégicas de Washington.
Imperialismo y sionismo
Dentro de esta estrategia aparece también el sionismo que tiene sus propios intereses estratégicos. Estados Unidos posee los suyos. No son idénticos. Pero durante décadas han construido una alianza política, militar, tecnológica y de inteligencia extraordinariamente estrecha.
Hay que preguntarse hasta qué punto esa alianza puede proyectar intereses sobre América Latina y particularmente sobre territorios estratégicos. Patagonia adquiere aquí un significado especial porque combina baja densidad poblacional, enormes extensiones territoriales, recursos naturales y proximidad antártica.
Hay que construir una política contra la subordinación territorial a cualquier proyecto extranjero, en particular con los intereses del imperialismo estadounidense y del sionismo.
La posibilidad militar no puede descartarse
La posibilidad de intervención militar. Hoy ya no puede descartarse.
Si Estados Unidos considera que sus intereses estratégicos fundamentales están amenazados, su historia demuestra que está dispuesto a utilizar la fuerza militar.
La guerra contra Irán constituye, desde esta perspectiva, una advertencia.
Lo mismo ocurre con las amenazas reiteradas contra distintos gobiernos latinoamericanos.
Es deber de los soberanistas contemplar escenarios extremos. No porque deseemos la guerra. Precisamente porque queremos impedirla.
La mejor manera de evitar una intervención es elevar su costo político, diplomático, económico y militar.
Una Patagonia dividida entre Chile y Argentina enfrentados sería vulnerable. Una Patagonia defendida conjuntamente por dos Estados soberanos sería otra realidad.
Una doctrina común del Cono Sur
Chile y Argentina necesitan una doctrina estratégica común. Es decir, ninguna potencia extranjera debe controlar militar, económica o territorialmente el extremo austral de América Latina.
Esto requiere varias decisiones. Defensa irrestricta de la soberanía chilena sobre el Estrecho de Magallanes. Defensa argentina de su reivindicación histórica sobre las Malvinas. Control soberano de la extranjerización de tierras en Patagonia. Rechazo a bases militares extranjeras. Desarrollo conjunto de una industria naval austral. Fortalecimiento de Punta Arenas y Ushuaia como plataformas logísticas propias. Cooperación científica antártica. Desarrollo de infraestructura pública. Protección de reservas de agua, energía y minerales. Coordinación diplomática entre Chile y Argentina.
Y preparación de una posición conjunta frente a cualquier futura modificación del régimen antártico.
Un gran encuentro de los pueblos del Cono Sur
Es necesario convocar un gran encuentro entre organizaciones políticas, sindicales, sociales, académicas y soberanistas de Chile y Argentina.
Para construir una estrategia histórica común. Una estrategia que declare que Magallanes pertenece a Chile. Que las Malvinas son una cuestión de soberanía argentina. Patagonia no se vende. La Antártida no puede convertirse en botín de las grandes potencias.
Y ninguna diferencia entre nuestros países debe volver a ser utilizada por el imperialismo para enfrentarnos. Si permitimos que nuestros países sean fragmentados, endeudados, sometidos económicamente y enfrentados entre sí, el extremo austral terminará convertido en escenario de disputa entre fuerzas que no representan a nuestros pueblos.
Si Chile y Argentina actúan juntos, la situación cambia por completo. Porque juntos controlamos una posición geográfica única.
Atlántico, Pacífico, Patagonia, Magallanes, Tierra del Fuego, Proyección antártica, Eso constituye poder. Y precisamente porque constituye poder abre el apetito del pillaje anglo-sionista. No debemos esperar a que la disputa se transforme en ocupación militar, apropiación territorial o subordinación económica para reaccionar.
La defensa comienza ahora. Hay que impedir que Kast y Milei transformen a Chile y Argentina en plataformas de los intereses estratégicos de Estados Unidos y del sionismo.
Hay que impedir que el enfrentamiento artificial entre nuestros pueblos vuelva a abrir las puertas del Sur al imperialismo.
Hay que construir una fuerza soberanista chileno-argentina capaz de defender Patagonia, Magallanes, Malvinas y Antártida.
Porque la gran batalla geopolítica por el extremo austral, ya comenzó.
