por Jorge Gálvez ( Coordinador Nacional de la Izquierda Soberanista y Secretario General del Partido del Trabajo de Chile)
La sublevación popular que atraviesa Bolivia comienza a adquirir una dimensión histórica que trasciende las fronteras nacionales. Los bloqueos de carreteras, las marchas campesinas, la movilización indígena y la irrupción de organizaciones sociales en distintos departamentos expresan mucho más que una crisis política interna, representan una resistencia abierta contra la ofensiva colonial e imperialista que busca someter nuevamente a América Latina bajo la hegemonía de la nueva política de seguridad de Estados Unidos.
Desde Cochabamba hasta La Paz, pasando por Potosí, Chuquisaca y Santa Cruz, miles de campesinos, trabajadores, maestros rurales y organizaciones originarias han levantado un escenario de confrontación directa contra un modelo político y económico subordinado a intereses externos. La masificación de los bloqueos y la llegada de la “Marcha por la vida, para salvar Bolivia” a la ciudad de La Paz muestran que el conflicto ha dejado de ser sectorial para transformarse en una lucha nacional por soberanía y autodeterminación.
Bolivia vuelve a colocarse como uno de los principales focos de resistencia anticolonial de América Latina. Pero esto no es casual, la historia boliviana ha estado marcada por levantamientos populares contra el saqueo de sus recursos naturales, desde las guerras del agua y del gas hasta las luchas indígenas y campesinas contra el neoliberalismo impuesto desde Washington. Tras el gobierno popular y soberanista de Evo Morales, hoy, nuevamente, el país andino aparece como una trinchera decisiva frente al intento de recolonización continental impulsado por el poder imperial decadente.
Las demandas que emergen desde los bloqueos reflejan el profundo agotamiento social frente al aumento del costo de vida, los impuestos, la crisis económica y la represión estatal. Pero también expresan el rechazo a un sistema regional construido para mantener a América Latina como proveedor subordinado de materias primas y territorio estratégico al pillaje del capital transnacional.
La represión brutal intentando contener las movilizaciones en rutas clave como Parotani revela que el conflicto ya no gira únicamente en torno a demandas coyunturales. Lo que está en disputa es quién ejerce soberanía sobre Bolivia, si el pueblo organizado o las élites alineadas con el imperialismo.
En este contexto, una Bolivia sublevada puede transformarse en un punto de quiebre para el proyecto hegemónico norteamericano en su denominado “patio trasero”. Washington enfrentará crecientes dificultades para sostener su control político sobre la región a medida que procesos de resistencia nacional-popular surjan en distintos países de Nuestra América. Cada levantamiento popular, cada bloqueo campesino y cada movilización indígena debilitan la arquitectura de dependencia construida durante décadas por el imperialismo.
La lucha boliviana también instala una discusión central para toda América Latina, la soberanía de los pueblos y las naciones. Se trata del derecho de los pueblos latinoamericanos a decidir sobre sus recursos, sus territorios y su destino histórico sin tutelaje extranjero.
Las movilizaciones en Bolivia recuerdan una verdad histórica que atraviesa todas las luchas de liberación nacional, los pueblos no conquistan su independencia mediante concesiones al poder imperial, sino mediante organización, resistencia política e incluso con la lucha militar. En las carreteras bloqueadas, en las marchas campesinas y en la movilización indígena reaparece la idea de que la soberanía y la emancipación latinoamericana sigue siendo una tarea inconclusa.
