por Jorge Gálvez (Coordinador Nacional de Izquierda Soberanista y Secretario General del Partido del Trabajo de Chile)
El conflicto en Ucrania estaría generando consecuencias que van mucho más allá del escenario militar europeo. Una de las denuncias más graves apunta a que organizaciones vinculadas al narcotráfico latinoamericano estarían utilizando la guerra como espacio de entrenamiento para adquirir conocimientos militares que posteriormente serían aplicados en América Latina.
Integrantes de grandes cárteles de la droga estarían viajando a Ucrania para recibir entrenamiento en el uso de drones, tácticas de combate y operaciones propias de un escenario de guerra. Posteriormente, regresarían a sus países de origen con una preparación militar considerablemente superior a la que tradicionalmente han tenido las organizaciones criminales de la región.
Esto resulta particularmente grave porque implicaría una transformación cualitativa de las capacidades operativas de los cárteles latinoamericanos.
Esta situación habría sido denunciada inicialmente por organismos rusos, en particular por el Servicio de Inteligencia Exterior de Rusia.
Hasta ahora, estas acusaciones eran frecuentemente descartadas en Occidente bajo la etiqueta de “propaganda rusa” o como parte de una estrategia comunicacional destinada a debilitar el respaldo occidental a Ucrania. Sin embargo, una investigación de The Washington Post confirmó aspectos centrales de esas denuncias.
Grandes organizaciones del narcotráfico envían integrantes a Ucrania para adquirir experiencia militar y luego trasladar esos conocimientos hacia América Latina. Es evidente que este suministro de miles de mercenarios a Ucrania están con el aval de los EEUU, ya que un hecho de esta envergadura no podría ocurrir sin la complacencia de los organismos de inteligencia imperialista.
Armas estadounidenses y narcotráfico
Los grupos criminales latinoamericanos no solamente estarían adquiriendo experiencia militar en Ucrania, sino que además tendrían acceso a armamento procedente de Estados Unidos; drones, fusiles de alto poder y distintos tipos de equipamiento militar.
La combinación resulta particularmente preocupante: entrenamiento en zonas de guerra, acceso a tecnologías como drones y disponibilidad de armas de alta potencia.
Estados Unidos en los últimos años ha denunciado hipócritamente el creciente poder de los cárteles, pero no mencionan el papel que tiene el flujo de armas provenientes de su propio territorio.
Se configura así una contradicción evidente: por un lado, Washington declara una guerra contra el narcotráfico; por otro, parte de las armas utilizadas por las organizaciones criminales tiene origen estadounidense.
El circuito financiero
El narcotráfico genera enormes cantidades de dinero que necesitan ser incorporadas posteriormente a la economía formal.
Una parte importante de ese dinero es lavada dentro de circuitos financieros vinculados a los países desarrollados. Se estima que con las distintas actividades criminales y especialmente el tráfico de drogas, se habrían lavado alrededor de USD 1,6 billones en 2009, equivalentes al 2,7% del PIB mundial (Estrategia Antilavado). La propia superveniencia del sistema capitalista necesita del flujo permanente de estos dineros, si no fuera así, hace mucho tiempo que ya habría colapsado el capitalismo.
Es evidente que el narcotráfico, desde esta perspectiva, no podría funcionar exclusivamente mediante estructuras clandestinas.
Necesita bancos, mecanismos financieros, inversiones, empresas y operaciones que permitan convertir las ganancias ilegales en capital aparentemente legítimo.
Por eso, el combate contra las drogas no podría limitarse a perseguir campesinos, traficantes o jefes de organizaciones criminales. También tendría que investigar las estructuras financieras que permiten mover y blanquear esos recursos.
Las bandas del narcotráfico como fuerzas irregulares supranacionales para América Latina
Si los cárteles están siendo entrenados en el uso de drones, tácticas de combate, operaciones en zonas de guerra y armamento moderno, cabe preguntarse cuál podría ser la proyección futura de esas capacidades en América Latina.
Una función evidente es la que hemos mencionado, introducir miles de millones de dólares a la economía formal, pero no es la única, una hipótesis que no debería descartarse del análisis político es que estos grupos puedan terminar conformando, deliberadamente o por convergencia de intereses, la base de una fuerza irregular de carácter supranacional en América Latina. No se trataría necesariamente de un ejército formal ni de una estructura públicamente reconocida, sino de redes armadas capaces de desplazarse entre países, operar con autonomía y actuar allí donde coincidan los intereses del crimen organizado con los objetivos geopolíticos de los EEUU.
Esto adquiriría especial gravedad si esas estructuras fueran utilizadas contra gobiernos considerados adversarios de la política exterior estadounidense o contra procesos populares que cuestionen la subordinación política, económica y militar de la región. En ese escenario, organizaciones nacidas en torno al narcotráfico podrían adquirir funciones que históricamente han desempeñado fuerzas paramilitares, mercenarias o estructuras clandestinas de intervención, con una claro propósito balcanizar América Latina, y destruir los Estados Nacionales terminando con toda posible soberanía en el continente.
El problema ya no sería únicamente la violencia asociada al tráfico de drogas. Estaríamos ante la posible transformación de grupos criminales en actores con capacidades militares, experiencia de combate, acceso a armamento sofisticado y movilidad transnacional.
Esta preocupación encuentra un contexto político concreto en la nueva doctrina de seguridad estadounidense. La actual estrategia oficial de Washington establece que Estados Unidos pretende reafirmar su preeminencia en el hemisferio occidental y aplicar un nuevo “corolario Trump” de la Doctrina Monroe.
Cuando las fronteras entre crimen organizado, guerra irregular, operaciones encubiertas y política exterior comienzan a desdibujarse, las organizaciones armadas pueden dejar de actuar exclusivamente por intereses económicos y transformarse en instrumentos útiles dentro de disputas geopolíticas mayores.
Por eso, la cuestión central no es solamente quién controla las rutas de la droga. Sino también quién entrena a esos hombres, dónde adquieren sus conocimientos, quién provee las armas, quién financia sus operaciones y qué utilidad política podrían tener en un continente sometido nuevamente a una política estadounidense que reivindica abiertamente la Doctrina Monroe.
