Por Alejandro Mora Donoso
Hay palabras que de tanto repetirlas terminan perdiendo su capacidad de cuestionar. Soberanía es una de ellas. La escuchamos cuando hablamos de las fronteras, cuando un gobierno responde a una potencia extranjera, cuando se discute sobre nuestros recursos naturales, cuando aparece una intervención externa o cuando alguien nos recuerda, con ese tono solemne que suelen tener estas cosas, que Chile es un país soberano. Y claro que lo es. Chile tiene territorio, Estado, gobierno, instituciones y reconocimiento internacional. Pero quizás el problema comienza justamente cuando creemos que haber respondido esa primera pregunta resuelve todo. Porque una cosa es tener soberanía jurídica y otra bastante distinta es tener capacidad efectiva para decidir sobre aquello que determina las condiciones materiales de nuestra propia existencia.
Hace más de cien años, en 1920, Lenin estaba intentando responder una pregunta que nacía de un mundo que se había venido abajo. La Primera Guerra Mundial había dejado millones de muertos, los grandes imperios europeos estaban en crisis, la Revolución rusa había cambiado el mapa político y las potencias vencedoras intentaban reconstruir un orden internacional que hablaba de paz, democracia y autodeterminación, mientras al mismo tiempo mantenía enormes relaciones de dominación colonial. En ese contexto Lenin escribió sus tesis sobre la cuestión nacional y colonial para el Segundo Congreso de la Internacional Comunista. No estaba pensando en Chile, evidentemente, ni en el mundo que nosotros conocemos. Pero estaba mirando algo que sigue siendo bastante difícil de mirar: la distancia que puede existir entre lo que una sociedad dice de sí misma y las condiciones materiales en las que realmente vive.
Y ahí aparece una de las cosas que más me interesan de ese texto. Lenin desconfía de las grandes palabras cuando se quedan solamente en el terreno de las formas. Lo hace con la igualdad. Dice, en términos bastante duros, que la democracia burguesa puede proclamar la igualdad jurídica entre el propietario y el proletario, entre el explotador y el explotado, pero que esa igualdad formal no elimina la desigualdad real que existe entre ellos. Y uno puede discutir todo lo que quiera con Lenin respecto de sus conclusiones políticas, entonces ¿qué pasa cuando confundimos el derecho que tenemos con la capacidad que efectivamente tenemos? Porque que dos personas sean iguales ante la ley no significa que tengan el mismo poder económico, de la misma manera que dos países pueden ser jurídicamente iguales ante el derecho internacional, hoy más evidente que nunca y, sin embargo, encontrarse en posiciones completamente distintas dentro de la economía mundial.
Ese es, para mí, uno de los puntos más interesantes de las tesis de 1920. Lenin dice que la cuestión nacional no puede analizarse desde principios abstractos y formales, sino desde la situación histórica concreta y, sobre todo, desde las condiciones económicas. Antes de preguntarnos qué dice un Estado sobre sí mismo, miremos qué puede hacer realmente. Antes de aceptar que existe un interés nacional común, miremos quién tiene el poder dentro de esa nación. Antes de decir que todas las naciones son iguales, miremos qué capacidad tiene cada una para imponer sus condiciones y cuáles deben adaptarse a las condiciones impuestas por otros. Es ahí donde aparece la diferencia entre las naciones dominantes y las naciones dependientes, pero también entre las clases que existen dentro de cada nación.
Porque para Lenin el problema no era solamente que existieran países poderosos y países débiles. También había un problema con esa costumbre de hablar del “interés nacional” como si dentro de una sociedad todos quisieran exactamente lo mismo. Y esto es importante, porque cuando un gobierno dice “defendemos los intereses de Chile”, la pregunta siguiente debería ser bastante incómoda: ¿de qué Chile estamos hablando? ¿Del Chile de los trabajadores? ¿Del Chile de los grandes empresarios? ¿Del Chile de quienes viven de sus salarios? ¿Del Chile de quienes poseen los recursos? ¿Del Chile de las empresas nacionales que invierten fuera? ¿Del Chile de las compañías extranjeras que producen dentro del país? ¿O de una mezcla de todos esos intereses que, en determinados momentos, pueden coincidir y en otros pueden entrar directamente en conflicto?
Lenin no acepta que la nación sea una especie de sujeto único y transparente. Dentro de ella existen clases, intereses y relaciones de poder. Y eso cambia bastante la manera de mirar la soberanía. Porque si uno acepta que el interés nacional puede ser también la forma en que los intereses de una clase particular aparecen como si fueran los intereses de todos, entonces la soberanía deja de ser solamente una cuestión entre Estados. También se convierte en una pregunta sobre quién decide dentro del Estado y para quién se toman determinadas decisiones.
Esto se vuelve todavía más importante cuando Lenin introduce el imperialismo. Y aquí conviene tener cuidado, porque sería muy fácil tomar una palabra de 1920 y empezar a ponerle ese nombre a cualquier relación que no nos guste entre un país poderoso y uno pequeño. El mundo de Lenin era el mundo de los imperios coloniales, de las grandes potencias repartiendo territorios, de la ocupación militar y de una competencia internacional mucho más explícita. No vivimos exactamente en ese mundo, aún así la realidad es muy parecida, existen relaciones internacionales en las que los Estados no participan con la misma capacidad económica, financiera, tecnológica o militar. Y cuando esa desigualdad existe, la soberanía jurídica no necesariamente desaparece, pero puede verse limitada en su capacidad de convertirse en poder efectivo.
Ahí está, creo, la parte más provocadora de Lenin. Dice que la independencia política no puede separarse completamente de las relaciones económicas que mantienen la dependencia. Un país puede tener bandera propia, gobierno propio y asiento en los organismos internacionales y, sin embargo, continuar ocupando una posición subordinada dentro de determinadas relaciones económicas, no se sientan a la mesa del reparto porque son parte de menú, dicho de otra manera, la independencia política puede existir sin que necesariamente exista una independencia material equivalente.
Si soberanía significa solamente que nadie puede venir a decirnos formalmente que nuestro territorio no nos pertenece, entonces la discusión es relativamente sencilla. Pero si soberanía significa también tener capacidad para decidir sobre los recursos, sobre la economía, sobre la tecnología, sobre las condiciones del comercio, sobre las alianzas estratégicas y sobre aquello que determina nuestras posibilidades de desarrollo, entonces la discusión se vuelve mucho más complicada. Ya no basta con mirar la frontera. Hay que mirar también los mercados. Ya no basta con mirar los tratados. Hay que mirar quién tiene capacidad para poner condiciones. Ya no basta con saber quién gobierna. Hay que mirar dentro de qué estructura económica gobierna.
Y eso explica también por qué Lenin relaciona la cuestión nacional con la cuestión de clase. Para él, la liberación de una nación no podía convertirse simplemente en el reemplazo de una dominación extranjera por una clase dominante local que mantuviera intactas las relaciones de explotación. Una bandera nueva no garantiza una sociedad nueva. Un Estado independiente no garantiza automáticamente una sociedad emancipada. Y por eso Lenin podía defender el derecho de las naciones a decidir su propio destino y, al mismo tiempo, advertir sobre el nacionalismo de las burguesías locales. La liberación nacional era importante, pero no podía convertirse en el punto final de la historia.
Hay una frase de sus tesis que resume bastante bien el problema: Lenin insiste en que la política sobre la cuestión nacional debe construirse desde “una apreciación precisa de la situación histórica concreta y, ante todo, de las condiciones económicas”. Me parece una frase especialmente útil hoy porque nos obliga a bajar la discusión desde las banderas hacia la realidad. Nos obliga a mirar qué produce un país, qué vende, qué compra, qué tecnología controla, qué recursos posee, quién controla esos recursos, qué mercados necesita y qué ocurre cuando sus decisiones chocan con intereses económicos mucho más grandes que los propios.
Eso no significa que debamos convertir a Lenin en una especie de profeta que tenía todas las respuestas. No las tenía. Su mundo era otro, sus categorías respondían a otra época y sus conclusiones políticas pertenecen a una experiencia histórica que también debemos mirar críticamente. Pero hay algo que podemos rescatar sin convertirlo en dogma: la necesidad de sospechar de las definiciones demasiado fáciles. Si alguien nos dice que una nación es soberana porque tiene un Estado, podemos preguntar qué capacidad tiene ese Estado para decidir. Si nos dicen que todos los países son iguales porque tienen un voto en una organización internacional, podemos preguntar qué ocurre cuando uno de ellos tiene diez veces la capacidad económica, militar o tecnológica del otro. Y si nos dicen que una política representa el interés nacional, podemos preguntar quién se beneficia de ella y quién asume sus costos.
Tal vez por eso la soberanía no debería entenderse como una propiedad que un país tiene de una vez y para siempre, como quien tiene un título de propiedad guardado en una caja fuerte. Podría entenderse más bien como una capacidad que se construye y que también puede reducirse. Un país puede ampliar sus márgenes de decisión cuando desarrolla tecnología propia, diversifica sus mercados, controla recursos estratégicos, fortalece sus capacidades productivas y construye relaciones internacionales que no lo obliguen permanentemente a escoger entre obedecer o quedarse solo. Y también puede reducirlos cuando depende demasiado de aquello que no controla.
Aquí es donde la cuestión nacional empieza a tocar una cuestión mucho más amplia, la relación entre voluntad y poder. Un Estado puede querer hacer muchas cosas. Un gobierno puede tener un programa, una mayoría y una voluntad política determinada. Pero esa voluntad siempre se encuentra dentro de un mundo que ya existe, con mercados, capitales, tratados, empresas, tecnologías, potencias militares y relaciones internacionales que ponen condiciones. La voluntad existe, pero no existe sola. Tiene que enfrentarse al poder.
Y quizás ese sea el punto en que Lenin deja de ser solamente un autor que estamos leyendo para convertirse en alguien que nos hace una pregunta. No si Chile es soberano. No si Argentina es soberana. No si Estados Unidos es soberano. Eso, dicho así, resuelve muy poco. La pregunta más difícil es cuánto poder efectivo tiene cada uno para transformar las condiciones dentro de las cuales toma sus decisiones.
Porque quizás la soberanía no comienza cuando decimos “nadie nos manda”. Quizás comienza cuando tenemos suficientes capacidades materiales para que esa frase no sea solamente una declaración de principios.
Y esa es una pregunta que Lenin dejó planteada hace más de cien años, pero que todavía puede incomodarnos bastante: no basta con saber quién tiene derecho a decidir. Hay que preguntarse también quién tiene realmente el poder para hacerlo.
