por Gustavo Paredes (Miembro Comité Central del Partido del Trabajo de Chile)
Un recorrido por los hilos ocultos que tejieron la plutocracia más poderosa de la historia, desde los comerciantes ingleses del siglo XVII hasta los herederos del capital judío, italiano y japonés que hoy controlan la economía global
Introducción: la nación que se pensó a sí misma como imperio
Estados Unidos nació como un experimento de élites. Detrás del relato heroico de la independencia y la democracia, se articuló una red de intereses económicos, sociedades secretas y ambiciones territoriales que convirtieron a un conjunto de colonias periféricas en la mayor potencia capitalista de la historia. La clave de ese ascenso no fue únicamente la fortuna individual de figuras como Rockefeller o Morgan, sino la confluencia de una ideología expansionista —el Destino Manifiesto— con estructuras de poder hermético —la masonería— y con flujos migratorios que trajeron consigo capital, conocimiento y, en algunos casos, crimen organizado.
Este reportaje reconstruye esa genealogía: desde los masones que firmaron la Declaración de Independencia hasta los mafiosos que construyeron la Trump Tower; desde los banqueros judíos que financiaron la revolución hasta los yakuzas que lavaron miles de millones en bienes raíces estadounidenses.
1. La fundación masónica y el capital inglés
La historiografía tradicional presenta a los Padres Fundadores como ilustrados racionalistas. Sin embargo, la evidencia documental revela una penetración masónica sin precedentes en las élites revolucionarias. De los 56 firmantes de la Declaración de Independencia, 50 eran miembros de la Orden Masónica. John Hancock, uno de los hombres más ricos de las colonias con una herencia superior a un cuarto de millón de dólares, fue un destacado hermano masónico.
La masonería no fue solo una cofradía filosófica. Funcionó como una infraestructura de confianza para los comerciantes que buscaban independizarse del yugo británico. Las logias conectaron a familias como los Astor, los Livingston y los Roosevelt, tejiendo una red que persistiría durante siglos. John Jacob Astor, que llegó a poseer una quinceava parte de toda la riqueza personal estadounidense, se unió a la prestigiosa Holland Lodge No. 8 de Nueva York para impulsar sus negocios peleteros.
El componente inglés de esta élite fundacional es igualmente ineludible. Los primeros colonos puritanos que desembarcaron en Nueva Inglaterra trajeron consigo no solo su rigor religioso, sino también una concepción whig de la propiedad y el gobierno limitado. En el sur, aristócratas ingleses como el Conde de Shaftesbury fundaron Carolina como un proyecto señorial que reproducía las jerarquías de la metrópoli. A finales del siglo XIX, un informe del gobierno estadounidense estimaba que nobles extranjeros, en su mayoría británicos, poseían 21 millones de acres en territorio norteamericano.
2. El Destino Manifiesto: la teología del expansionismo capitalista
En 1845, el periodista John L. O’Sullivan acuñó la expresión «Destino Manifiesto» para justificar la anexión de Texas. La idea era simple y brutal: Dios había elegido a Estados Unidos para expandirse por todo el continente y llevar la «luz de la libertad» a los pueblos «atrasados». Lo que comenzó como una doctrina de expansión territorial pronto se fusionó con la Doctrina Monroe, atribuyendo a Washington derechos unilaterales sobre todo el hemisferio occidental.
El Destino Manifiesto no fue un simple ideal romántico. Fue la ideología legitimadora de una élite corporativa en formación que necesitaba nuevos mercados, materias primas y rutas comerciales. La guerra contra México (1846-1848) arrebató más de la mitad del territorio mexicano, sentando las bases para la expansión del capital ferroviario, minero y agrícola.
Esta doctrina se proyectó hacia el siglo XX y XXI. Desde la «dollarización» de Cuba tras 1898 hasta las recientes declaraciones de Donald Trump sobre el canal de Panamá y Marte, el Destino Manifiesto sigue operando como el marco teológico-político del imperialismo estadounidense.
3. Los barones del Gilded Age: Rockefeller, Carnegie y Morgan
La segunda mitad del siglo XIX fue el crisol donde la fortuna se convirtió en poder estructural. Cuatro hombres —Andrew Carnegie, John D. Rockefeller, Jay Gould y J.P. Morgan— inventaron la supereconomía estadounidense.
Rockefeller, con su Standard Oil, llegó a controlar casi la totalidad del mercado petrolero mundial. Carnegie dominó el acero. Morgan, banquero de nacimiento, ejerció como un banco central de facto, invirtiendo y comprando el trabajo ajeno. La fortuna de Rockefeller alcanzó los 1.500 millones de dólares de la época, una cifra astronómica para los estándares del momento.
La conexión masónica de estos magnates no fue anecdótica. La familia Rockefeller mantuvo durante generaciones una asociación masónica documentada y el control del Chase Manhattan Bank. Los Rockefeller no usaron la masonería tradicional, sino que inventaron su propio «sustituto funcional» corporativo para coordinar la élite financiera internacional. Junto a los Morgan, los Rockefeller financiaron el establishment global que hoy llamamos «globalismo».
4. Las mafias: el crimen como escalera al poder legítimo
4.1 La mafia italiana: del «oro italiano» a la Trump Tower
La Cosa Nostra siciliana y sus sucesoras estadounidenses —las Cinco Familias de Nueva York (Genovese, Gambino, Bonanno, Lucchese, Colombo)— no fueron un fenómeno marginal. Dominaron industrias enteras, en particular la construcción, donde el concreto era llamado «el oro italiano».
El caso paradigmático es el de Donald Trump. Su padre, Fred Trump, estaba bien establecido con la Cosa Nostra. El joven Donald se vinculó a Roy Cohn, un abogado que servía de puente entre el mundo político y el criminal. Cohn le enseñó el arte de la intimidación y le abrió las puertas de las cinco familias mafiosas. Cuando se construyó la Trump Tower en 1983, Roy Cohn negoció con los capos neoyorquinos la compra del concreto y su protección.
4.2 La mafia judía: Meyer Lansky y la internacionalización del crimen
Paralelamente a la mafia italiana, una red de gánsteres judíos —liderada por Meyer Lansky y Benjamin «Bugsy» Siegel— construyó un imperio criminal transnacional. Lansky, conocido como el «genio financiero de la mafia», entendió antes que nadie la necesidad de blanquear las ganancias criminales a través de inversiones inmobiliarias y bancos suizos y bahameños.
Su patrimonio personal alcanzó los 300 millones de dólares en 1967. Junto a Lucky Luciano, Lansky fue el arquitecto de la internacionalización de la Cosa Nostra, estableciendo vínculos con la mafia cubana de Batista y con el crimen organizado en Europa y Asia.
4.3 La yakuza japonesa: la invasión silenciosa
La mafia japonesa, la yakuza, ha operado en Estados Unidos con una discreción que roza la invisibilidad. Según fuentes de inteligencia, poseen la mitad de los rascacielos construidos en el centro de Chicago durante la década de 1980 y son propietarios principales de uno de los mayores bancos estadounidenses.
En 1984, la yakuza había colocado 20.000 millones de dólares de dinero caliente en el Continental Illinois Corporation. Sus intereses en Estados Unidos incluyen bienes raíces, casinos, hoteles, campos de golf y empresas pantalla. En Hawái, más de 50 propiedades —desde clubes de golf hasta edificios de oficinas— están en manos de miembros de la yakuza. Las autoridades estadounidenses han documentado que el capital vinculado a la yakuza a menudo fluye a través de los mismos canales financieros e inmobiliarios que el capital corporativo japonés legítimo, lo que dificulta su detección.
5. El capital judío: de la marginación financiera al control de Wall Street
La historia del capital judío en Estados Unidos es la de una minoría que convirtió su exclusión en ventaja competitiva. Excluidos de la propiedad de la tierra en Europa, los judíos se especializaron en el préstamo y el comercio. Al llegar a América, esa experiencia se tradujo en un dominio de las finanzas.
El 2,4% de la población estadounidense es judía, pero el 23% de los hogares judíos tiene ingresos superiores a los 200.000 dólares anuales. Los judíos representan entre el 20% y el 25% de los multimillonarios de la lista Forbes.
La influencia judía se extiende por cinco áreas estratégicas: finanzas, política, industria militar, medios de comunicación e ideología. BlackRock y Vanguard, los mayores gestores de activos del mundo, fueron fundados por capital judío. Múltiples presidentes de la Reserva Federal tienen ascendencia judía. En la administración Biden, los judíos representaron el 41% del gabinete. En los medios, controlan desde The New York Times hasta Hollywood y las principales plataformas tecnológicas.
Familias como los Lehman, Goldman, Seligman, Loeb y Guggenheim construyeron los cimientos del sistema financiero moderno. Joseph Seligman llegó a Estados Unidos en 1837 con el equivalente a 100 dólares cosidos en el forro de sus pantalones; sus descendientes fundaron bancos que aún hoy dominan Wall Street.
6. La síntesis: una élite cohesionada por sociedades secretas
A lo largo de más de dos siglos, estas corrientes —la masonería, el capital inglés, el Destino Manifiesto, el crimen organizado y el talento financiero judío— no operaron de forma aislada. Se entrelazaron en una red de poder que trasciende las fronteras étnicas y nacionales.
Las sociedades secretas fueron el tejido conectivo. Desde las logias masónicas que unieron a los Astor, Livingston y Roosevelt, hasta organizaciones como Skull & Bones de Yale, que hoy cumple una función similar para las familias gobernantes modernas. La masonería proporcionó el marco ideológico —libertad, progreso, destino providencial— y la infraestructura de confianza que permitió a comerciantes, banqueros y políticos coordinar sus intereses por encima de las divisiones formales.
El Destino Manifiesto fue la teología de ese poder. Convirtió la acumulación de riqueza y territorio en un mandato divino. Y ese mandato sigue vigente: hoy se proyecta hacia las estrellas, pero su lógica es la misma que la de 1845.
La élite estadounidense no es un club homogéneo, pero comparte una cosmovisión: la de que Estados Unidos no es un país como los demás, sino una nación con una misión providencial. Esa convicción, forjada en logias y traducida en doctrina imperial, ha sido el motor más poderoso de la acumulación de riqueza y poder que el mundo haya conocido.
Conclusión: el imperio como destino
Desde los comerciantes puritanos que desembarcaron en Plymouth hasta los fondos de inversión que hoy controlan el capital global, Estados Unidos ha sido moldeado por una élite que supo fusionar lo sagrado y lo profano, lo secreto y lo público, lo criminal y lo legítimo. Los masones dieron el marco; los ingleses, el capital inicial; el Destino Manifiesto, la justificación moral; las mafias, los métodos; y el talento financiero judío, la sofisticación técnica para convertir todo ello en el sistema capitalista más formidable de la historia.
El imperio no fue un accidente. Fue un destino manifiesto desde el principio.
