por Jorge Gálvez (Coordinador Nacional de Izquierda Soberanista y Secretario Político del Partido del Trabajo de Chile)
«Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana.» José Martí
El ayatolá Ali Jameneí pertenece a esta última categoría de hombres que nos citó José Martí. Su trayectoria política estuvo marcada por una confrontación permanente con el imperialismo y por la convicción de que la soberanía constituye el bien más preciado de una nación. Su martirio, ocurrido en medio de una cobarde y criminal ofensiva militar lanzada contra la República Islámica de Irán, representa para millones de iraníes y para amplios sectores del movimiento antiimperialista internacional el martirio de un dirigente que decidió permanecer junto a su pueblo cuando la agresión extranjera buscaba quebrar la voluntad de una nación.
Los imperios suelen creer que asesinando a los hombres pueden destruir las ideas. Sin embargo, la historia demuestra exactamente lo contrario. La sangre derramada por quienes enfrentan la dominación termina convirtiéndose en una fuerza moral capaz de movilizar a generaciones enteras. Así ocurrió con innumerables luchadores por la independencia de los pueblos, y así ocurre hoy con Ali Jameneí. Su vida fue la expresión de una doctrina política construida sobre un principio inquebrantable, ningún pueblo puede ser verdaderamente libre mientras otro poder decida su destino.
La soberanía como doctrina de Estado
Desde el triunfo de la Revolución Islámica de 1979, Irán se convirtió en uno de los principales objetivos de las estrategias de contención del imperialismo. Sanciones económicas, bloqueos financieros, sabotajes, asesinatos selectivos, operaciones de inteligencia, campañas de aislamiento diplomático y amenazas militares buscaron durante décadas doblegar la voluntad del Estado iraní. Sin embargo, bajo el liderazgo de Jameneí, la República Islámica respondió transformando la resistencia en una doctrina de Estado y la soberanía en el eje organizador de toda su estrategia nacional.
Para Jameneí, el conflicto nunca se redujo al programa nuclear iraní. El verdadero enfrentamiento era mucho más profundo, la negativa de Irán a integrarse subordinadamente al orden internacional construido por las grandes potencias capitalistas occidentales. Como afirmó en uno de sus discursos más representativos: «El mundo se divide en dos: unos países dominan y otros son dominados. No hay tercer grupo. La República Islámica, la Revolución Islámica, el sistema islámico fue un claro grito contra aquel orden» (Discurso en el encuentro con los veteranos y personas activas en la Sagrada Defensa y la Resistencia).
Esta afirmación sintetiza toda una concepción geopolítica. Jameneí comprendía que el imperialismo contemporáneo ya no necesitaba administrar colonias de manera directa. Bastaba controlar los sistemas financieros internacionales, imponer sanciones económicas, intervenir políticamente mediante organismos multilaterales, monopolizar la tecnología estratégica y ejercer una poderosa influencia cultural para mantener sometidas a las naciones periféricas. Frente a ese sistema de dominación, la defensa de la soberanía dejó de ser únicamente una cuestión militar para convertirse en una lucha integral que abarcaba la política, la economía, la ciencia, la cultura y la identidad nacional.
Su pensamiento partía de una convicción sencilla pero profundamente revolucionaria, la independencia no consiste únicamente en poseer fronteras reconocidas por el derecho internacional, sino en conservar la capacidad efectiva de decidir sin obedecer la voluntad de potencias imperialistas. Por ello insistía en que «la independencia significa no depender de la voluntad de otros» (Canal Telegram de Ayatolá Jameneí). Bajo esta lógica, cualquier negociación realizada bajo coerción constituía una forma encubierta de sometimiento. De allí otra de sus definiciones más conocidas: «negociar bajo presión es aceptar la dominación» (Canal Telegram de Ayatolá Jameneí).
Durante más de tres décadas, Jameneí convirtió estas ideas en una práctica política permanente. Su liderazgo articuló una concepción integral de la soberanía donde la economía de resistencia, el desarrollo científico propio, la capacidad defensiva, la identidad cultural y la cohesión espiritual formaban parte de una misma estrategia destinada a impedir que Irán volviera a experimentar episodios de subordinación como los que marcaron gran parte de su historia durante el siglo XX.
Su martirio no representa únicamente la pérdida del principal dirigente de la Revolución Islámica. Simboliza el frustrado intento del imperialismo por decapitar uno de los proyectos soberanos más influyentes del siglo XXI. Pero lo que el imperialismo desconoce que una causa puede lograr fundirse con la conciencia de un pueblo, trasciende la vida de quienes la conducen. Esa fue, probablemente, la mayor obra política de Ali Jameneí, convertir la defensa de la soberanía en una convicción compartida por millones de iraníes y proyectarla como un referente para todos aquellos pueblos que continúan enfrentando los diversos crímenes y formas de dominación imperialista.
La Resistencia frente al sistema de dominación
Si existe un concepto que sintetiza el legado político de Ali Jameneí es el de la “Resistencia”. No como una simple estrategia militar frente a una agresión externa, sino como una doctrina integral destinada a impedir que el imperialismo pudiera imponer su voluntad sobre las naciones. Bajo su conducción, la Resistencia se transformó en un proyecto histórico que articuló la política, la economía, la defensa, la cultura y la espiritualidad como dimensiones inseparables de una misma batalla por la soberanía.
Jameneí comprendía que el imperialismo moderno había perfeccionado sus métodos de dominación. Las ocupaciones coloniales directas fueron reemplazadas por mecanismos mucho más sofisticados, bloqueos financieros, sanciones económicas, manipulación mediática, guerras híbridas, infiltración cultural, desestabilización política y agresiones militares selectivas. Frente a esta realidad afirmaba con claridad que «el sistema de dominación significa que unas potencias se consideran con derecho a intervenir en los asuntos de otros pueblos y decidir por ellos» (Discurso en el encuentro con basiyíes).
Desde esa perspectiva, la República Islámica no enfrentaba únicamente a un Estado determinado, sino a una estructura global de poder que buscaba impedir que las naciones del Sur Global ejercieran plenamente su autodeterminación. Por ello sostenía que «nos oponemos a cualquier sistema que imponga decisiones a las naciones» (Canal Telegram de Ayatolá Jameneí). La lucha de Irán, entonces, trascendía sus propias fronteras para convertirse en una expresión de la resistencia de todos aquellos pueblos que se negaban a aceptar la subordinación política, económica y cultural impuesta por las grandes potencias.
La economía de resistencia
Jameneí demostró que la soberanía no podía sostenerse únicamente mediante discursos patrióticos. Era necesario construir las condiciones materiales que permitieran defenderla. De esta convicción nació la doctrina de la economía de resistencia, concebida como una estrategia para romper la dependencia estructural respecto de los centros financieros y tecnológicos dominados por Occidente. En sus palabras, «la economía de resistencia significa confiar en nuestras propias capacidades» (Canal Telegram de Ayatolá Jameneí).
Esta idea adquirió especial relevancia durante décadas de sanciones económicas. Mientras muchos enemigos pronosticaban el colapso del Estado iraní, Jameneí impulsó una política orientada a transformar la presión externa en un incentivo para fortalecer la producción nacional, el desarrollo científico y la innovación tecnológica. Su razonamiento era claro, un país dependiente jamás puede ser plenamente soberano. Por ello insistía en que «la producción nacional es la clave de la independencia« y advertía que «depender del petróleo o del extranjero es una debilidad» (Canal Telegram de Ayatolá Jameneí).
La soberanía armada y la disuasión estratégica
Pero la soberanía también debía ser defendida con capacidad de disuasión. La historia reciente de Irán, desde el golpe de Estado contra Mohammad Mosaddegh hasta la guerra impuesta por Irak y las permanentes amenazas militares de Estados Unidos y el Sionismo, reforzó en Jameneí la convicción de que un Estado incapaz de defenderse termina inevitablemente sometido. Por ello afirmaba con firmeza que «nuestra capacidad defensiva garantiza nuestra independencia y que «si no fuéramos fuertes, nos impondrían su voluntad» (Canal Telegram de Ayatolá Jameneí).
Bajo su liderazgo, el fortalecimiento de las capacidades militares es un requisito indispensable para preservar la autonomía nacional frente a un entorno internacional caracterizado por profundas asimetrías de poder. La defensa dejó de entenderse como un gasto para convertirse en un instrumento de supervivencia nacional. En ese sentido, Jameneí convirtió la capacidad estratégica de Irán en uno de los principales factores que limitaron a los enemigos la posibilidad de una intervención militar directa contra la República Islámica.
La batalla por la identidad cultural
Sin embargo, quizás uno de los aportes más originales de su pensamiento consistió en comprender que ninguna soberanía puede sostenerse si una nación pierde primero su identidad. Para Jameneí, las guerras contemporáneas también se libraban en las escuelas, los medios de comunicación, las universidades y la cultura. El imperialismo aspiraba a conquistar las conciencias antes que los territorios. De allí su advertencia: «la invasión cultural es más peligrosa que la invasión militar» (Canal Telegram de Ayatolá Jameneí).
La defensa de la identidad nacional y de la cultura islámica no era concebida únicamente como una cuestión religiosa, sino como un elemento estratégico de la independencia política. En consecuencia, sostenía que «la dependencia cultural conduce a la dependencia política» (Canal Telegram de Ayatolá Jameneí). Esta visión convirtió la batalla cultural en uno de los pilares fundamentales del proyecto soberanista iraní, al entender que los pueblos solo pueden resistir las presiones externas cuando conservan confianza en su propia historia, sus valores y su identidad colectiva.
Hoy, tras su martirio, estas ideas adquieren una dimensión aún más profunda. El enemigo que buscó eliminar físicamente al dirigente iraní aspiraba también a quebrar el espíritu de resistencia construido durante décadas. Sin embargo, la historia suele ser implacable con los imperios. Buscaron sembrar miedo, pero sembraron convicción.
Ali Jameneí deja como legado una doctrina política que trasciende las fronteras de Irán. Su pensamiento pasa a integrar el patrimonio histórico de todos los pueblos que continúan defendiendo el derecho irrenunciable a decidir su propio destino frente a cualquier forma de hegemonía, dominación o colonialismo moderno.
El martirio que trasciende la muerte
El martirio de Ali Jameneí no constituye el final de esa lucha, representa la culminación de una vida entregada íntegramente a una causa que, para millones de personas, trasciende al propio dirigente, su liderazgo modificó el equilibrio geopolítico de Medio Oriente y convirtió a Irán en uno de los principales polos de resistencia frente al poder estadounidense y sus aliados sionistas.
El martirio de Ali Jameneí adquiere así un profundo contenido simbólico. No cayó únicamente el líder político de la Revolución Islámica, cayó un hombre que dedicó más de cuatro décadas a defender el derecho de su pueblo a decidir libremente su propio destino. Su muerte se incorpora a una larga tradición histórica de dirigentes que, enfrentados a la agresión extranjera, optaron por permanecer junto a su nación en lugar de buscar seguridad personal. En esa decisión reside buena parte de la fuerza moral que hoy explica el reconocimiento que recibe en amplios sectores del mundo islámico y de los movimientos antiimperialistas.
Hoy, cuando el mundo presencia el acelerado tránsito hacia un escenario internacional cada vez más multipolar, la figura de Ali Jameneí permanecerá asociada a una época en la que Irán desafió el orden hegemónico establecido y reivindicó el derecho de las naciones a construir su propio destino sin tutelas imperiales. Su nombre queda inscrito entre aquellos dirigentes que hicieron de la resistencia una doctrina política, de la soberanía un principio irrenunciable y del sacrificio personal una expresión suprema del compromiso con su pueblo.
