por Jorge Gálvez (Coordinador Nacional del Mov. Soberanistas)
El portazo de las empresas chinas a invertir en el litio chileno no es un episodio aislado ni producto de la famosa “permisología” nacional, trámites y autorizaciones burocráticas. Es, más bien, la consecuencia directa de una política exterior subordinada a los intereses de Estados Unidos. Y como toda subordinación en política internacional, tiene un costo. Chile ya empezó a pagarlo.
En un contexto global marcado por la confrontación entre China y Estados Unidos, Pekín ha sido claro: no tolerará que terceros países cierren acuerdos con Washington si estos afectan sus intereses estratégicos. La advertencia fue explícita: “Tomaremos contramedidas enérgicas y recíprocas”. Dicho y hecho.
Apenas 72 horas antes del viaje de Gabriel Boric a China, dos gigantes industriales —BYD y Tsingshan Holding Group— anunciaron su retiro de los proyectos de industrialización del litio en Antofagasta y Mejillones. No fue una coincidencia: fue una bofetada diplomática. Una respuesta directa al trato desigual, a veces hostil, que ha sufrido la presencia china en Chile en el último tiempo.
Y es que el caso del litio no es único. En 2023, Sinovac decidió trasladar su millonaria inversión en vacunas a Colombia, tras denunciar un “ambiente inadecuado” en Chile. En abril de 2024, la central hidroeléctrica Rucalhue —de capitales chinos— fue blanco de un atentado incendiario. La respuesta del Gobierno fue tan débil, que el embajador Niu lo calificó como un “grave golpe a la confianza”. Otro tema es que China aumentó la compra de cobre a la República Democrática del Congo (ex Zaire) y disminuyo significativamente la compra de cobre a Chile.
Pero el punto de inflexión fue la suspensión del proyecto astronómico TOM, impulsado por el Observatorio Nacional Astronómico de China y la Universidad Católica del Norte. La iniciativa fue bloqueada tras presiones directas de figuras estadounidenses como la exembajadora Bernadette Meehan y el enviado republicano Brandon Judd. Bastaron algunas advertencias desde Washington para que La Moneda se alineara sin resistencia. Paradójicamente, el telescopio Vera Rubin, financiado por EE. UU. y ubicado en la misma zona, sigue avanzando sin trabas.
La embajada china en Santiago no se quedó callada. Denunció lo ocurrido como una expresión contemporánea de la Doctrina Monroe, esa vieja fórmula imperial con la que EE. UU. ha pretendido decidir el destino de América Latina desde el siglo XIX. Y tienen razón: la política exterior chilena, parece haberse rendido por completo ante los designios de Washington.
El problema es la falta de visión estratégica del actual gobierno, proyectos que podrían transformar la matriz productiva del país están siendo saboteados en nombre de una obediencia geopolítica ciega, acrítica y peligrosa. Mientras el mundo avanza hacia un orden multipolar, Chile se empecina en jugar un rol subalterno, como socio menor de un imperio en decadencia.
¿Chile está dispuesto a renunciar a su soberanía económica y científica por complacer a Washington? La respuesta parece ser sí. Pero la factura, como estamos viendo, no tardará en llegar. Y no será barata.
